De noches de otoño

Fue hace casi un año la última vez que me senté a escribir algo y publicarlo en este ya casi polvoso espacio. Si los semestres finales de la universidad han mermado en gran manera el tiempo con el que cuento para leer, ya ni se diga lo que han hecho con el tiempo dedicado a la escritura y es que entre preocupaciones existenciales, como el proyecto de vida y responsabilidades, como mi servicio social y el consejo estudiantil, resulta casi imposible tomar unos minutos al día para escribir. 

Tal vez esa ha sido la excusa más tonta que he tenido para no hacerlo. Ustedes juzguen.

Pero algo tienen las noches de otoño que me incitan a escribir algo. Tal vez es el aire (un tanto frío) que sopla entre sonidos de hojas secas o el sentimiento de nostalgia que me invade después de caminar por la ciudad, no lo sé pero les aseguro algo, las noches de otoño son mágicas y que alguien intente decirme lo contrario. En este sentido, a la noche de hoy se le ocurrió adjudicarse connotaciones terapéuticas y ahora escribir es catarsis para mí. Bien podría desahogarme y redundar en cuestiones meramente vanas pero esa no es la razón de este post.

Verán, cuando era muy chico mi madre me regaló un libro (su actividad favorita a lo largo de mi vida) el cual narraba historias ambientadas en las cuatro estaciones del año. La que menos me gustaba era la de unos niños que salían a correr y saltar en primavera rodeados de flores y debajo de un intenso sol, una cosa muy cursi. El cuento de verano era sobre una familia que se iba de vacaciones a la playa y pasaban todo el día entre arena y mar, nada extraordinario. El cuento de invierno era bastante rescatable, los personajes jugaban en la calle a hacer muñecos de nieve y lanzarse dicho material todo el tiempo, pero para mi desgracia no cae nieve en Puebla y nunca desarrollé cercanía alguna con ese tipo de historias. Sin embargo hubo uno que leí muchas veces, uno que me encantaba y sí, están en lo cierto, el de otoño. Este cuento era sobre un niño que pasaba la tarde caminando por el parque pisando hojas secas y meditando sobre su vida (pretty much my life), al final su madre le horneaba un pay de calabaza y proseguía a leer toda la tarde, bastante bien ¿no? Ésta actividad la repliqué cada que pude, salir a caminar y pisar hojas secas, reflexionar mil cosas para después encerrarme en mi cuarto y leer los muchos libros que mi madre me regalaba, lo que siempre me faltó fue una rebanada de pay de calabaza (madre, si estás leyendo esto quiero que sepas que aún me la debes). 

Es curioso, un libro ilustrado fue la principal razón para leer y para amar una época del año en especial. Ahora cada que llega octubre, y el otoño con él, la ansiedad por pisar hojas secas en las banquetas es insufrible, las noches frías y despejadas son más hermosas que en todo un año y las estrellas llegan a brillar más en una ciudad donde desaparecen a cada día entre tanta iluminación artificial. De repente todo es más bonito y tal y como lo hacía de chico, llega la noche y me encierro en mi cuarto, saco mis libros y puedo dialogar con CS Lewis, Le Guin y Tolkien como cuando era niño, imagino esos mundos que tanto nos esforzamos en olvidar conforme los años pasan y dejo que la magia inunde todo el lugar. Creo que fue el otoño quien hizo que volviera a sentarme en mi escritorio y comenzara a escribir, así que qué mejor que dedicarle estas letras y bueno, con su permiso, voy a encerrarme a mi cuarto a leer y tendré una noche casi perfecta, y digo casi todo porque mi madre me sigue debiendo una rebanada de pay de calabaza.

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