Asesino entre la niebla

El asesino entre la niebla

Claudia camina a paso lento, casi hipnótico rumbo a su casa después de un pesado día en el trabajo. Se dedica a impartir clases de literatura en una escuela primaria y como tal, conoce del constante estrés y desesperación que ello conlleva aunque eso no la priva de sentir una enorme satisfacción al enseñar a niños sobre textos literarios y sus respectivos autores. A sus 25 años no sufre de escasez de pretendientes, todo lo contrario, sus delicadas facciones parecieran no ser dignas de ser dibujadas por el mismo Miguel Ángel y sus ojos grises crean el contraste perfecto con su pálida piel y cabello oscuro, tan oscuro como la noche más negra. Claudia desafía los conceptos de belleza conocidos y obliga a crear una nueva concepción de estética. Hermosa, no hay duda.
Mientras camina, reflexiona lo sucedido en el día y sobre todo en su trabajo. Generalmente hubiera acabado temprano y después de hacer el papeleo correspondiente se hubiera puesto en marcha para llegar a su casa. El camino de la escuela al edificio donde se encuentra su departamento es relativamente corto, tiene que caminar alrededor de ocho cuadras para llegar a la estación de metro más cercana y de ahí tomar la línea 4 del metro que la deja en la esquina del edificio donde habita, sin embargo, el día de hoy fue una excepción, el niño más problemático de su clase golpeó gravemente a una niña un grado menor a él por no haberle compartido de su comida y eso obligó a Claudia a resolver el problema y hablar con los padres de ambos niños lo cual la retrasó bastante tiempo.
Han pasado dos meses desde que apareció el primer cuerpo ensangrentado en la ciudad. Lo encontraron unos niños sobre la plaza vieja mientras jugaban fútbol en la calle, el profundo corte en la garganta del cuerpo hizo que la sangre se esparciera tanto que abarcara media plaza en donde los niños jugaban. La policía, en un principio, concluyó que se trataba de un suicido, pero con el transcurrir de los días se fueron encontrando más asesinatos. En un total de dos meses se hallaron 27 cuerpos sin vida, todos ellos escandalosamente cubiertos de sangre, llenos de cortes profundos en puntos vitales y aunque ningún asesinato fue igual, todos tenían dos coincidencias, en primer lugar, no se halló rastro alguno del arma con la que se realizaron los asesinatos y segundo, todos habían sucedido mientras caía una espesa neblina sobre las zonas donde transitaban los asesinados. Después de eso se esparció un rumor por toda la ciudad, había alguien suelto que estaba matando a personas que caminaban por las calles de la ciudad, el asesino entre la niebla.
Claudia, como buena persona informada, había escuchado sobre los asesinatos, se había creado un ambiente inseguro y paranoico entre los habitantes de la ciudad. Era de noche, pasadas las 10:00 pm, el Sol ya se había puesto hace varias horas, el frío empezaba a calar, no en balde corre el mes de octubre y aunque aún no nieva sí se puede sentir un fuerte frío al caer la noche. Claudia camina sobre uno de los puentes que conectan las dos partes de la ciudad, debajo, yace un río que, en estas fechas, se encuentra vacío y callado. Dicho puente tiene una longitud de aproximadamente 300 metros, es empedrado lo cual le da un aire medieval y en las orillas, postes con luces alumbran el camino en la noche, una luz pálida que hace aún más lúgubre el camino. En ese momento, Claudia vislumbra que delante de ella empieza a formarse una densa neblina, no parece que vaya a ser muy prolongada pero el recuerdo permanente del conocido asesino hace que el estomago se le revuelva y sienta que un frío repentino le cruce por la espalda. Sin embargo, ha sido un día pesado y para tomar la línea de metro tendría que regresar todo el trayecto del puente ya recorrido y caminar casi el triple de distancia que normalmente caminaría, por lo tanto, toma un respiro profundo, se convence mentalmente que no le puede pasar nada y se adentra en esa densa neblina, poco a poco su figura se empieza a perder hasta que desaparece por completo del ojo humano.
Solo se escuchan los pasos de Claudia, los tacones que usa hacen que el sonido sea más notorio, como el segundero de un reloj, paso tras paso avanza sobre esa niebla cada vez más densa. Claudia no puede distinguir qué hay delante de ella a más de un metro de distancia, las luces de los postes parecen luciérnagas suspendidas en el aire que emiten una opaca luz, no existe otro sonido mas que el sonar de sus pasos, el río está callado, mudo, sólo corre de manera lenta por debajo, ni un solo sonido, nada. Parece que la neblina no tiene fin, Claudia empieza a desesperarse, en lugar de ir desapareciendo, la neblina se ha hecho cada vez mas densa y conforme pasa el tiempo no puede distinguir ni su propia mano a cierta distancia. ¿Cuánto tiempo llevaré caminando entre la neblina? Pensó Claudia y aunado a la pregunta, llegó el recuerdo del asesino, lo que habían escrito en los periódicos, las imágenes en los noticieros y empezó a respirar cada vez más rápido, como si el aire faltara, camina a paso firme para encontrarse más perdida dentro de la neblina, Claudia sigue respirando grandes bocanadas de aire, aire tan frío que le raspa la garganta, sus ojos grises están irritados por tanto forzar la vista, la boca seca, los nervios expectantes, el sudor frío que le recorre cada parte de la frente y espalda, el estomago amarrado y las piernas temblorosas que no dejan de caminar y generar ese único sonido sobre el empedrado del puente. Por un instante Claudia cree ver una sombra pasar al lado de ella, había sido tan rápido que apenas la distingue con el rabillo del ojo izquierdo, el frío le recorre la nuca, sigue caminando mientras se repite mentalmente que falta poco para llegar al final del puente, que su imaginación se ha vuelto loca y que en unos minutos, estará en su casa preparando la clase de mañana, pero la sombra vuelve a pasar al lado suyo, ahora por la derecha, tan rápido que no ha terminado de procesar la información cuando de repente escucha pasos detrás de ella, ha pensado tantas cosas que olvida que alguien llevaba caminando detrás suyo unos cuantos minutos, cuando se da cuenta, acelera el paso, pero la neblina no cede, ya debería de haber llegado al final del puente pensó, pero lo único que hay delante es neblina, los pasos detrás aceleran al ritmo de Claudia y la desesperación se adueña de ella, respira cada vez más rápido, hiperventila, las manos están cubiertas de sudor, el mismo sudor frío que ahora le recorre todo el cuerpo. Voltea de un lado a otro para sólo distinguir las opacas luces suspendidas en el aire y los pasos atrás aumentan la velocidad, los escucha cada vez más cerca y las piernas que duelen y los ojos que lloran y el camino que no acaba y la desesperación que la rodea y el frío que le raspa la garganta y la niebla que la ciega y de pronto, un susurro en el odio, un susurro que dice “hola”, apenas voltea la cabeza Claudia cuando siente que algo helado le pasa por la garganta, cortando cada vena, enmudeciendo el fallido grito que estaba por emitir, todo para caer boca arriba y distinguir la sombra de un cuerpo que en su mano, sostenía un pedazo de hielo filoso con sangre en la punta, la sombra ríe y se goza por lo ocurrido, arroja el pedazo de hielo al río donde se perdería para siempre y con ello, la única evidencia de lo ocurrido. La sangre de Claudia se esparce por el empedrado del puente haciendo que el oscuro cabello se manche, ya no puede respirar, solo brota sangre de su boca, su piel hace contraste ahora con el rojo carmesí de la sangre desbordada y sus ojos grises que derraman lagrimas pierden poco a poco la vida y ven como desaparece la sombra entre la neblina, maldiciendo lo ocurrido, maldiciendo a sus alumnos por haber hecho que saliera tarde del trabajo, maldiciendo a la neblina, maldiciendo su debilidad, pero eso ya no importa, Claudia muere y ahora no es más que un cuerpo que aparecerá en los periódicos de mañana, una víctima más de una ciudad que esconde sus pecados.

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