Ese tango.

Estábamos terminando la comida cuando de repente se acercó una pareja de bailarines callejeros de tango a nuestra mesa, todo en espera de unos pocos pesos argentinos. Por su ropa se podía ver que vivían de las monedas que ganaban cada día. Después de ajustar su antigua grabadora con el tango en turno, comenzaron a bailar y con ello vino uno de los momentos más bellos que recuerdo. Caminito era el lugar, este barrio de donde el Boca es originario y donde los colores abundan en cada casa por la que caminas. Ahí, entre piedras, con unos tacones altos y unas medias rotas Claudia bailaba. Con cada paso que daba mis ojos se perdían más en ella, no sé cuánto tiempo pasó desde que comenzaron a bailar, pero algo les aseguro, mis ojos nunca se despejaron de su figura en danza. Martín la acompañaba, su pareja de baile, quién por cierto, no bailaba nada, pero nada mal. Al terminar, se acercaron a nuestra mesa, y entre palabras, Claudia y Martín se ofrecieron a darnos una clases de tango ‘express’ en lo que comíamos el postre, mi hermana se levantó primero y Martín le comenzó a enseñar los pasos básicos de un tango, Claudia hacía lo mismo con mi papá, pero yo sólo veía a Claudia, me preguntaba cómo era en su vida diaria, qué hacía además de bailar tango, me preguntaba si era posible que se fijara en un chico de 14 años como yo. Parecía imposible, ¡otra vez tus sueños Ray! Pensé. Pero todo cambió cuando Claudia me miró a los ojos y me invitó a bailar. ¡Dios mío! Aquella mujer hermosa, de cabello rubio dorado, de ojos azules y piel blanca como si el sol jamás la hubiera tocado, de cara hermosa y manos suaves, aquella mujer me estaba invitando a bailar, temblando me acerqué y de manera muy tímida empecé a recibir su clase. “Un paso hacia atrás con tu pierna izquierda, tres al frente sin parar, uno a la derecha, quiero que me veas a los ojos y sólo a mis ojos, tómame de la cintura, hazme sentir segura, conéctate, siente lo que haré” me decía, en ese momento me nació dar un giro, tomarla de la pierna, subirla a mi cintura y hacer que su espalda bajara. Al terminar el movimiento se me quedó viendo, e incrédulo yo, le pedí una disculpa por lo que había hecho, a lo que ella me respondió, “sólo te puedo decir, que nos conectamos”.
Aquél tango fue perfecto, maravilloso, de ensueño, a la fecha aún sueño con Claudia y sus manos suaves, sus ojos azules y su cabello dorado, bailando tango con esos tacones altos y esas mallas rotas, con esa pasión que la distinguía. Algún día volveré, volveré a Caminito y buscaré a Claudia, porque ese tango que bailé con ella, nunca lo olvidaré. Algún día volveré a Buenos Aires y seré yo ahora el que la invite a bailar.

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