De valientes dignos de ser recordados (Carta a Gonzalo, el valiente entre los valientes)

Dicen por ahí que no se puede extrañar a alguien a menos que sea irremediable su partida, más aún, dicen que la gente no sabe extrañar, que el amor cursi se apropió de este verbo y lo rebajó a un uso casi mundano para justificar la poca atención que nos tenemos como personas. ¿Cómo extrañar a alguien que sabes que eventualmente verás? ¿Qué sucede cuando es imposible hacer eso realidad? Y es que la distancia y el tiempo no pueden ser comparados con la eternidad y eso lo hemos aprendido muy bien mi querido Gonzalo, demasiado para esta vida diría yo.

Pasan los años, mi amigo, y este mundo no para de sorprenderme. A ti te hubiera defraudado en dimensiones industriales, imagínate, vivo en un mundo en el que Trump es presidente de EU, eso resume prácticamente nuestra condición como sociedad… Esa sociedad que tanto te juzgó y a la que tanta fe le tuviste, siempre. Por cierto, Juanga ya te acompaña, no estaría mal que te enseñara a cantar, que malo es poco para describir tus dotes artístico-musicales, échate la de “Abrázame”, por mí, porque bien me hace falta uno últimamente.

Me encantaría poder decirte que el mundo es un poco mejor de como lo dejaste, la verdad es que no, cada día hay más sufrimiento, más dolor, más muerte, más enfermedad… Más maldita enfermedad. Aún no hay cura ¿sabes? Recuerdo bien cómo me decías que para el 2020 los doctores sabrían cómo curar el VIH. La verdad es que esa realidad se ve cada vez más lejana, más comprometida por intereses, todos esos que ya te conoces y contra los que tanto peleaste, como valiente que siempre fuiste.

Sigo viendo como, a pesar de tantos esfuerzos, los contagiados por VIH sufren de la misma discriminación que tú padeciste, no bastaron las campañas en los supermercados y en las plazas comerciales que tanto trabajo nos costaron, para este mundo nada es suficiente, nada. Me encantaría decirte que la calidad de vida ha mejorado para ellos, temo que no, el año pasado se te unieron Pepe, Mariela y Karla te han de haber contado todas sus pato aventuras. La verdad (y no les digas) nunca fueron tan valientes como tú, tú te la rifabas cabrón, te valía madres lo que la gente dijera de ti, viviste tu vida con mucho más sentido en cuatro años que yo en toda mi vida, a veces me avergüenzo de no honrar mi tiempo en la Tierra, tanto tiempo que me regalaste y yo aquí malgastándolo en redes sociales, ah, por cierto, Facebook sigue sin implementar el botón de “no me gusta” pero ya hay uno de “me enoja” sé que apreciarías eso. Irías por la vida cibernética enojándote por todo, estoy seguro jajaja, como buen valiente, dando tu opinión a conocer, sin filtros, sin pelos en la lengua.

De mí no te preocupes, soy profesor de universidad (no se te ocurra burlarte ya sé lo que dije toda mi vida). Pero estoy junto a una persona que te habría caído de poca madre, se llama Fernanda, de ella te contaré en otra carta más digna de tintes alegres y no tanto de los nostálgicos, como los de esta noche.

Se te extraña, como cada año mi Gonzalo. Este país, este mundo, es menos valioso desde que no estás, lleva cuatro años siendo menos valioso, pero tienes la fortuna de no sufrirlo, condenado, hasta en eso tenías que ganarme ¿verdad? Vas a ver, voy a hacer algo realmente importante mientras esté acá, algo de significado y cuando vuelva a verte te lo restregaré en la cara, es una promesa y mira que yo no prometo… Pero hoy aunque no estés, mereces ser recordado, estuve pensando toda la tarde ¿qué nos hace falta para dejar de jodernos tanto los unos a los otros? Nos falta eso que siempre fuiste, valentía pura, para mantener nuestros sueños, nuestras creencias, nuestra propia vida. Que tu recuerdo me llene de valentía, como cada año, que sin ella estamos perdidos, realmente perdidos.

De letargos necesarios.

Hay letargos que no se explican ni se dejan explicar. Hay letargos que acrecientan las nostalgias, los recuerdos, las heridas. Hay letargos prudentes y hay letargos necesarios… Tan necesarios como innecesarios, pero vaya, letargos al final del día. Llevo más de tres meses sin escribir (ocasionalmente) algo que no sean más de 140 caracteres a forma de tweet como mera catarsis para expresar mi poca relevancia en esta vida, una vida Godin. Tres meses de ver cómo gira mundo mientras yo no doy pasos algunos, ni para delante ni para atrás y es que de chico me enseñaron que el movimiento es vida y en ese sentido yo no estaba viviendo. No es culpa de absolutamente nadie más que de mí mismo, como siempre, soy el primero en echarme la culpa por mis problemas o en su defecto, por la falta de los mismos.

El otro día, reflexionando conmigo mismo (una actividad frecuente en mi cabeza), llegué a la conclusión que no hay nada peor que no moverse. Me dio pánico la idea de quedarme en una misma situación por meses o incluso años, de soñar y nunca concretizar, de llenar mi futuro de ilusiones y reemplazarlos por golpes de realidad… una vez más. Carajo ¿Por qué es tan difícil atrevernos a soñar y tan fácil olvidar ilusiones? No tengo ni perra idea, al que me de una explicación válida le invito una chela, se lo prometo. No hace falta mencionar que los últimos tres meses estuvieron bautizados en las estáticas aguas de la inamovilidad causando un paro casi absoluto a la hora de pensar, ahora imagínense lo que pasaba a la hora de hacer. Todo mal. Todo. Mal.

Gracias a Dios siempre hay algo/alguien que llega a romper esa dinámica estática. En mi caso Dios me mandó un algo y también a alguien. Ese algo fue la luna, el recurso literario y poético más (ridículamente) cliché que existe a la hora de escribir. En teoría debería darme asco por caer en su trampa pero hoy no vengo con ánimos de ser tan auto crítico, dejaré esa terapia para después, por sanidad mental. Lo que es cierto es que me quedé cerca de una hora viéndola brillar cuál lámpara que cuelga del cielo alumbrando a su manera, un tanto déspota, una noche que dejó recuerdos enterrados y superó nostalgias atreviéndose a mirar al futuro, una noche emborrachada de ilusiones, llena de sueños de un simple joven sentado en una simple banca entre vientos fríos y suspiros liberadores.

Ya les hablé de ese algo, pero ahora falta el alguien. En este caso Dios no sólo me hizo voltear al cielo a ver la luna, me hizo voltear exactamente a 400 metros a la derecha de mi casa, a Violeta 42, a Fernanda, a una escritora, por si faltaba ironía en mi vida. Me bastó leer una columna suya para recordar lo bonito que es crear algo de absolutamente nada, de poder compartirle a la gente un poco de lo mucho que le da vueltas a mi cabeza, de traumar a unos cuantos e inspirar otros, de compartir ideas, experiencias o incluso uno que otro enojo, de plasmar, de atisbar, de olvidar, de vislumbrar, de disfrutar, de abstraerse, de vivir y comenzar a dar pasos, pasos firmes entre caminos engañosos, llenos de incertidumbre pero… ¿qué es de la vida sin un poco de la misma? Una columna suya me bastó para levantarme de esa banca, moverme otra vez y escribir esos relatos que aún no se conocen, esas historias que mueren por ser contadas y esas poesías que necesitan ser leídas.

Hoy la noche es de ellas dos, de quienes me recordaron que sólo basta un poco de melancolía y otro tanto de inspiración para volver a sentarme en mi escritorio y hacer lo que más me gusta en este mundo, escribir.

De transiciones inevitables y cambios expectantes

Hasta hace unos pocos meses mi mayor preocupación era decidir qué título iba a llevar mi tésis, tenía un dilema diario sobre la ropa que usaría, a veces me consternaba la elección de la típica película o serie que iba a ver en domingo por la tarde/noche claro, siempre acompañado de palomitas y una buena Coca Cola así bien fría como se debe, incluso recuerdo haberme preocupado por la posición del Arsenal en la Premier o en la Champions… Bueno, de eso me sigo y seguiré preocupando toda la vida (por cierto, que se cuide el Barça, el Madrid y el Bayern porque ¡este es el año gente!), pero de no ser mi equipo de fútbol, al acordarme de mis preocupaciones de hace unos meses no puedo evitar sentir pena, así como gacho. 

Y no es que las actividades que ahora realizo, como el trabajo y algunas otras responsabilidades me provoquen más preocupaciones, es más, estoy harto de ocupar la palabra preocupación para todo lo que sucede en mi vida y estoy harto de generarme estrés por cosas que están fuera de mi alcance. Tal vez eso es a lo que llaman madurar… Tal vez no, pero de que es liberador eso que ni qué. No obstante ¿A qué voy con todo esto? A que hay transiciones que no pueden ni evadirse ni evitarse. En este punto de mi vida estoy viviendo una de las transiciones más ojetes pero igualmente cool en mi vida, dejar de ser estudiante para pasar a ser un ente que produce, trabaja y paga impuestos. Chale, impuestos, yo nunca había pensado en esa palabra hasta que me fui a dar de alta en Hacienda la semana pasada, ya ni les cuento el ataque que me dio cuando pregunté el porcentaje de mi salario que tenía pagar cada mes a nuestro querido gobierno T.T, pero es inevitable, es una transición y como ésta hay muchas otras en mi vida que se están llevando a cabo, mi relación con Dios es una, mi independencia es otra, ah por cierto, ya que estamos en esas si saben de alguna renta (no muy cara) en Puebla ahí les encargo que me avisen. 

No sé, ante tantos cambios es bien fácil sacarse de onda, es fácil sucumbir al miedo, a temer por el fracaso, a darse por vencido, a abandonar sueños, a perder ánimos, a dejar de intentar… Somos humanos supongo que reaccionar así es natural, pero quiero creer que podemos empezar a hacerlo diferente, quiero creer que podemos perder el miedo y ganar confianza, quitar pensamientos de fracaso y creer que se puede, ser pacientes, tener nuevos sueños, renovar fuerzas y sobre todo quiero creer que podemos nunca dejar de intentar (CC: Arsenal FC).

Si les soy sincero yo nunca había pensado en escribir un post tipo superación personal, de verdad espero no lo vean así y que lo vean como un momento en el que decidí sacar las mil cosas que traigo en la cabeza y no que el alma de Nick Vujicic se apoderó de mí (con todo respeto para el vato), la neta sería muy triste que pensaran eso, pero sin duda el contenido sí es algo diferente al que siempre publico, Dios mío creo que esto de las transiciones está llegando incluso a mi forma de escribir… Pero está bien, bienvenidas sean, bienvenidos sean los cambios y que nunca dejen de llegar porque al final, son estas mismas cosas las que nos forjan, las que nos transforman y las que nos hacen ser lo que somos.

De noches de otoño

Fue hace casi un año la última vez que me senté a escribir algo y publicarlo en este ya casi polvoso espacio. Si los semestres finales de la universidad han mermado en gran manera el tiempo con el que cuento para leer, ya ni se diga lo que han hecho con el tiempo dedicado a la escritura y es que entre preocupaciones existenciales, como el proyecto de vida y responsabilidades, como mi servicio social y el consejo estudiantil, resulta casi imposible tomar unos minutos al día para escribir. 

Tal vez esa ha sido la excusa más tonta que he tenido para no hacerlo. Ustedes juzguen.

Pero algo tienen las noches de otoño que me incitan a escribir algo. Tal vez es el aire (un tanto frío) que sopla entre sonidos de hojas secas o el sentimiento de nostalgia que me invade después de caminar por la ciudad, no lo sé pero les aseguro algo, las noches de otoño son mágicas y que alguien intente decirme lo contrario. En este sentido, a la noche de hoy se le ocurrió adjudicarse connotaciones terapéuticas y ahora escribir es catarsis para mí. Bien podría desahogarme y redundar en cuestiones meramente vanas pero esa no es la razón de este post.

Verán, cuando era muy chico mi madre me regaló un libro (su actividad favorita a lo largo de mi vida) el cual narraba historias ambientadas en las cuatro estaciones del año. La que menos me gustaba era la de unos niños que salían a correr y saltar en primavera rodeados de flores y debajo de un intenso sol, una cosa muy cursi. El cuento de verano era sobre una familia que se iba de vacaciones a la playa y pasaban todo el día entre arena y mar, nada extraordinario. El cuento de invierno era bastante rescatable, los personajes jugaban en la calle a hacer muñecos de nieve y lanzarse dicho material todo el tiempo, pero para mi desgracia no cae nieve en Puebla y nunca desarrollé cercanía alguna con ese tipo de historias. Sin embargo hubo uno que leí muchas veces, uno que me encantaba y sí, están en lo cierto, el de otoño. Este cuento era sobre un niño que pasaba la tarde caminando por el parque pisando hojas secas y meditando sobre su vida (pretty much my life), al final su madre le horneaba un pay de calabaza y proseguía a leer toda la tarde, bastante bien ¿no? Ésta actividad la repliqué cada que pude, salir a caminar y pisar hojas secas, reflexionar mil cosas para después encerrarme en mi cuarto y leer los muchos libros que mi madre me regalaba, lo que siempre me faltó fue una rebanada de pay de calabaza (madre, si estás leyendo esto quiero que sepas que aún me la debes). 

Es curioso, un libro ilustrado fue la principal razón para leer y para amar una época del año en especial. Ahora cada que llega octubre, y el otoño con él, la ansiedad por pisar hojas secas en las banquetas es insufrible, las noches frías y despejadas son más hermosas que en todo un año y las estrellas llegan a brillar más en una ciudad donde desaparecen a cada día entre tanta iluminación artificial. De repente todo es más bonito y tal y como lo hacía de chico, llega la noche y me encierro en mi cuarto, saco mis libros y puedo dialogar con CS Lewis, Le Guin y Tolkien como cuando era niño, imagino esos mundos que tanto nos esforzamos en olvidar conforme los años pasan y dejo que la magia inunde todo el lugar. Creo que fue el otoño quien hizo que volviera a sentarme en mi escritorio y comenzara a escribir, así que qué mejor que dedicarle estas letras y bueno, con su permiso, voy a encerrarme a mi cuarto a leer y tendré una noche casi perfecta, y digo casi todo porque mi madre me sigue debiendo una rebanada de pay de calabaza.

Asesino entre la niebla

El asesino entre la niebla

Claudia camina a paso lento, casi hipnótico rumbo a su casa después de un pesado día en el trabajo. Se dedica a impartir clases de literatura en una escuela primaria y como tal, conoce del constante estrés y desesperación que ello conlleva aunque eso no la priva de sentir una enorme satisfacción al enseñar a niños sobre textos literarios y sus respectivos autores. A sus 25 años no sufre de escasez de pretendientes, todo lo contrario, sus delicadas facciones parecieran no ser dignas de ser dibujadas por el mismo Miguel Ángel y sus ojos grises crean el contraste perfecto con su pálida piel y cabello oscuro, tan oscuro como la noche más negra. Claudia desafía los conceptos de belleza conocidos y obliga a crear una nueva concepción de estética. Hermosa, no hay duda.
Mientras camina, reflexiona lo sucedido en el día y sobre todo en su trabajo. Generalmente hubiera acabado temprano y después de hacer el papeleo correspondiente se hubiera puesto en marcha para llegar a su casa. El camino de la escuela al edificio donde se encuentra su departamento es relativamente corto, tiene que caminar alrededor de ocho cuadras para llegar a la estación de metro más cercana y de ahí tomar la línea 4 del metro que la deja en la esquina del edificio donde habita, sin embargo, el día de hoy fue una excepción, el niño más problemático de su clase golpeó gravemente a una niña un grado menor a él por no haberle compartido de su comida y eso obligó a Claudia a resolver el problema y hablar con los padres de ambos niños lo cual la retrasó bastante tiempo.
Han pasado dos meses desde que apareció el primer cuerpo ensangrentado en la ciudad. Lo encontraron unos niños sobre la plaza vieja mientras jugaban fútbol en la calle, el profundo corte en la garganta del cuerpo hizo que la sangre se esparciera tanto que abarcara media plaza en donde los niños jugaban. La policía, en un principio, concluyó que se trataba de un suicido, pero con el transcurrir de los días se fueron encontrando más asesinatos. En un total de dos meses se hallaron 27 cuerpos sin vida, todos ellos escandalosamente cubiertos de sangre, llenos de cortes profundos en puntos vitales y aunque ningún asesinato fue igual, todos tenían dos coincidencias, en primer lugar, no se halló rastro alguno del arma con la que se realizaron los asesinatos y segundo, todos habían sucedido mientras caía una espesa neblina sobre las zonas donde transitaban los asesinados. Después de eso se esparció un rumor por toda la ciudad, había alguien suelto que estaba matando a personas que caminaban por las calles de la ciudad, el asesino entre la niebla.
Claudia, como buena persona informada, había escuchado sobre los asesinatos, se había creado un ambiente inseguro y paranoico entre los habitantes de la ciudad. Era de noche, pasadas las 10:00 pm, el Sol ya se había puesto hace varias horas, el frío empezaba a calar, no en balde corre el mes de octubre y aunque aún no nieva sí se puede sentir un fuerte frío al caer la noche. Claudia camina sobre uno de los puentes que conectan las dos partes de la ciudad, debajo, yace un río que, en estas fechas, se encuentra vacío y callado. Dicho puente tiene una longitud de aproximadamente 300 metros, es empedrado lo cual le da un aire medieval y en las orillas, postes con luces alumbran el camino en la noche, una luz pálida que hace aún más lúgubre el camino. En ese momento, Claudia vislumbra que delante de ella empieza a formarse una densa neblina, no parece que vaya a ser muy prolongada pero el recuerdo permanente del conocido asesino hace que el estomago se le revuelva y sienta que un frío repentino le cruce por la espalda. Sin embargo, ha sido un día pesado y para tomar la línea de metro tendría que regresar todo el trayecto del puente ya recorrido y caminar casi el triple de distancia que normalmente caminaría, por lo tanto, toma un respiro profundo, se convence mentalmente que no le puede pasar nada y se adentra en esa densa neblina, poco a poco su figura se empieza a perder hasta que desaparece por completo del ojo humano.
Solo se escuchan los pasos de Claudia, los tacones que usa hacen que el sonido sea más notorio, como el segundero de un reloj, paso tras paso avanza sobre esa niebla cada vez más densa. Claudia no puede distinguir qué hay delante de ella a más de un metro de distancia, las luces de los postes parecen luciérnagas suspendidas en el aire que emiten una opaca luz, no existe otro sonido mas que el sonar de sus pasos, el río está callado, mudo, sólo corre de manera lenta por debajo, ni un solo sonido, nada. Parece que la neblina no tiene fin, Claudia empieza a desesperarse, en lugar de ir desapareciendo, la neblina se ha hecho cada vez mas densa y conforme pasa el tiempo no puede distinguir ni su propia mano a cierta distancia. ¿Cuánto tiempo llevaré caminando entre la neblina? Pensó Claudia y aunado a la pregunta, llegó el recuerdo del asesino, lo que habían escrito en los periódicos, las imágenes en los noticieros y empezó a respirar cada vez más rápido, como si el aire faltara, camina a paso firme para encontrarse más perdida dentro de la neblina, Claudia sigue respirando grandes bocanadas de aire, aire tan frío que le raspa la garganta, sus ojos grises están irritados por tanto forzar la vista, la boca seca, los nervios expectantes, el sudor frío que le recorre cada parte de la frente y espalda, el estomago amarrado y las piernas temblorosas que no dejan de caminar y generar ese único sonido sobre el empedrado del puente. Por un instante Claudia cree ver una sombra pasar al lado de ella, había sido tan rápido que apenas la distingue con el rabillo del ojo izquierdo, el frío le recorre la nuca, sigue caminando mientras se repite mentalmente que falta poco para llegar al final del puente, que su imaginación se ha vuelto loca y que en unos minutos, estará en su casa preparando la clase de mañana, pero la sombra vuelve a pasar al lado suyo, ahora por la derecha, tan rápido que no ha terminado de procesar la información cuando de repente escucha pasos detrás de ella, ha pensado tantas cosas que olvida que alguien llevaba caminando detrás suyo unos cuantos minutos, cuando se da cuenta, acelera el paso, pero la neblina no cede, ya debería de haber llegado al final del puente pensó, pero lo único que hay delante es neblina, los pasos detrás aceleran al ritmo de Claudia y la desesperación se adueña de ella, respira cada vez más rápido, hiperventila, las manos están cubiertas de sudor, el mismo sudor frío que ahora le recorre todo el cuerpo. Voltea de un lado a otro para sólo distinguir las opacas luces suspendidas en el aire y los pasos atrás aumentan la velocidad, los escucha cada vez más cerca y las piernas que duelen y los ojos que lloran y el camino que no acaba y la desesperación que la rodea y el frío que le raspa la garganta y la niebla que la ciega y de pronto, un susurro en el odio, un susurro que dice “hola”, apenas voltea la cabeza Claudia cuando siente que algo helado le pasa por la garganta, cortando cada vena, enmudeciendo el fallido grito que estaba por emitir, todo para caer boca arriba y distinguir la sombra de un cuerpo que en su mano, sostenía un pedazo de hielo filoso con sangre en la punta, la sombra ríe y se goza por lo ocurrido, arroja el pedazo de hielo al río donde se perdería para siempre y con ello, la única evidencia de lo ocurrido. La sangre de Claudia se esparce por el empedrado del puente haciendo que el oscuro cabello se manche, ya no puede respirar, solo brota sangre de su boca, su piel hace contraste ahora con el rojo carmesí de la sangre desbordada y sus ojos grises que derraman lagrimas pierden poco a poco la vida y ven como desaparece la sombra entre la neblina, maldiciendo lo ocurrido, maldiciendo a sus alumnos por haber hecho que saliera tarde del trabajo, maldiciendo a la neblina, maldiciendo su debilidad, pero eso ya no importa, Claudia muere y ahora no es más que un cuerpo que aparecerá en los periódicos de mañana, una víctima más de una ciudad que esconde sus pecados.

Me queda media hora.

Me queda media hora. Media hora antes de entrar a mi última clase del día: Instituciones políticas comparadas. Nada más con el nombre podrán imaginar lo aburrida/tediosa/hartante -agregue cualquier adjetivo de su gusto- que es. Como les dije, media hora. En mi condición actual, me doy cuenta del poco (o mucho, depende del estado de ánimo) tiempo que es. Como podrán inferir, en mi caso es poco, muy poco tiempo. Me encuentro sentado en la cafetería de mi universidad, esta sola y triste cafetería (mucho del crédito tiene que ir a las personas que estúpidamente quitaron Plaza Deli) mientras intento rescatar lo poco de psicólogo que existió en mí, analizando a las personas del lugar (o al menos eso creo que hago, déjenme soñar). Me pongo mis lentes para ver bien y aquí comenzamos. Nunca falta, a mi izquierda la típica niña sola con su celular, me pregunto si estará hablando con algún galán o tal vez al contrario, quejándose con su mejor amiga, acerca de algún galán. Enfrente un grupito de chavos hablando sobre a qué antro van a ir el fin de semana ¡Dios mío! Y eso que apenas estamos en martes. A mi derecha una pareja entrándole duro a la ‘pashion’ como si no hubiera mañana, desde aquí puedo ver sus lenguas, iugh, no es la mejor de las vistas, mejor cambiemos ¿qué hay atrás? Bueno, atrás hay unas chavas haciendo una tarea y por lo que alcanzo a ver, la tarea es de arquitectura o una de esas madres de carrera, quién sabe. La chava enamorada/ardida sigue escribiendo con su celular, o está clavadísima, o el güey con el que salía era un patán, ni se despega. Esto se vuelve aburrido, imaginen, parece un lugar sin alma donde sólo se escucha Telehit de fondo (y me niego a describir algo más con la palabra Telehit). De hecho, podría empezar a elaborar algo con respecto al aburrimiento que se respira por aquí, pero será para la próxima, mi media hora se ha acabado y como les dije, toca instituciones políticas comparadas (sí, ya sé, yuju) y allá vamos…