Renuncié a mi trabajo y el mundo no se acaba

Desde muy chico encontraba fascinante la relación que tiene el tiempo en nuestras vidas. Recuerdo a los escasos cinco años de edad ver cómo las personas se alistaban para cumplir sus propósitos en Año Nuevo, como si la vida reiniciara cual juego de Mario Kart al arrancar Enero. Hablando de Enero y del tiempo cronológico, siempre agradecí haber nacido en dicho mes porque la percepción de la vida fue, en su mayor parte, muy lineal, de A-B, salidas-metas, principios-finales. Por ende, me apresuraba a terminar las cosas al final del año, fuera como fuera, porque algo nuevo venía, algo “mejor” me esperaba a la vuelta de la esquina y no podía esperar para saber qué era eso.

Parece ser que algo de eso se quedó en mí a lo largo de mi vida.

Hace una semana, en pleno diciembre (¿por qué no?), renuncié a mi trabajo. Las preguntas que me han hecho las personas con las que he cruzado el tema siempre son las mismas, o en su defecto, muy similares; ¿Cómo que renunciaste, qué se supone que harás de tu vida? ¿Acaso estás loco, qué no ves que la situación está muy dura? ¿Cómo vas a pagar tus gastos? ¿Fue porque tuviste problemas con tu jefe? ¿Hubo algún problema con los estudiantes?  *Spoiler alert* No fue por ninguna de las razones anteriores.  Es curioso, ninguno preguntó si me sentía a gusto, si estaba feliz, o si dar clases era realmente el trabajo de mis sueños. Todas sus dudas eran monetarias, como si hacer dinero fuera la prioridad. Pero ahí viene lo bueno, la verdad es que me sentía muy a gusto dando clases, tenía días malos y días buenos (como en cualquier trabajo) pero puedo afirmar que era bastante feliz, no sé si dar clases era el trabajo de mis sueños pero les aseguro que me realicé profesional y personalmente en maneras que nunca creí.

Sin embargo, aún así renuncié porque simplemente era el momento de hacerlo.

Los últimos meses estuve reflexionando mucho, no crean que fue fácil tomar la decisión. Pagar el restante de la deuda de Liverpool jugó una carta muy importante en el proceso… Y en toda esa reflexión me di cuenta de algo que muchas veces, nosotros millennials, omitimos: El mundo no se acaba.

Lo repito por si no traen lentes, EL MUNDO NO SE ACABA.

Tengo casi 26 años, a mi edad mi papá tenía ya dos hijos, dos coches, una casa que estaba pagando y un trabajo que le permitía mirar 10 o 15 años al futuro y sentirse relativamente tranquilo, yo en cambio, tengo tres pagos fijos: el apoyo económico en casa, Spotify Premium y sí, Liverpool. Aún así el mundo no se acaba porque justamente tengo casi 26 años. El mundo no se acaba porque no tengo un coche o una casa que pagar, el mundo no se acaba porque no tengo hijos qué alimentar o educar, el mundo no se acaba porque no necesito un trabajo para definir el “éxito” en mi vida y es justamente eso lo valioso.

Tengo casi 26 años y por vez primera tengo completo control de mi vida.

He llegado a la conclusión que, para encontrar tu camino tienes que pasar por muchos procesos, pero para caminarlo necesitas no tener miedo a dejar la zona de confort. En mi caso dejar de dar clases para poder disponer del tiempo necesario de tomar mi mochila y viajar (sueño #1) y dedicarme al proceso de entrar a la maestría en el extranjero (sueño #2). Por eso aprovechando que era diciembre y mi yo histórico reclamaba finales para buscar nuevos inicios, renuncié. Después de darle mil vueltas al asunto entendí que era lo que necesitaba para seguir avanzando.

Les adelanto algo, se vale luchar por lo que sueñas. Se vale. Y va valer la pena toda la vida.

Pero algo me enseñaron mis padres muy bien, y eso fue no dejar algo sin antes agradecer a las personas que fueron parte fundamental del proceso. Así que disculparán que me desvíe un poco del tema pero tengo que hacerlo. Gracias, eternas gracias a todos aquellos que me acompañaron en este viaje de profesor. A Luis, a Edith y a Enrique por la oportunidad. A mis alumnos, Pablo, Andrés, Anaís y el grupo de politólogos por hacer de mis clases una verdadera gozada, a Claudia y Michelle por las largas pláticas, a Ana, Dany y Larissa por haber hecho el esfuerzo de tomar clases en un idioma que no dominaban, a Gisela, Valentín y Mariela por la confianza, con ellos tuve mi primera clase y también la última, a todos los futuros abogados que me permitieron pararme enfrente de ellos y que, a pesar de yo no contar con sus conocimientos jurídicos, estuvieron dispuestos a aprender cosas diferentes. Gracias Omar, Jami, Luis Antonio, gracias por permitirme ser su profesor. Gracias a todos aquellos que no están mencionados aquí pero que saben que los llevo en mi corazón, fue un verdadero honor haber sido parte de su educación y espero el día en que sus sueños se hayan cumplido o que al menos estén en dicho proceso.

Extrañaré que me digan “profe Ray”.

Queda ahora seguir avanzando, seguir acumulando experiencias y amistades, cumplir metas y alcanzar sueños, queda esperar que nuevas cosas lleguen el próximo enero y con ellas nuevas aventuras, queda confiar en el camino que uno elige, sea sencillo o complicado, pero sobre todo queda disfrutar cada parte del proceso porvenir porque tengo apenas 26 años y el mundo no se acaba.

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De trabajos que no llenan el bolsillo pero sí el alma

No es novedad, un profesor (sobre todo uno recién graduado) no percibe ganancias económicas notables ni mucho menos un salario increíble. Aquél, como yo, que apenas da sus primeros pasos en el mundo laboral no puede hablar de una soltura monetaria, ni de grandes lujos, ni de créditos descomunales, ni de viajes transatlánticos, vaya, ni siquiera de cenas medio costosas en donde se pueda dar el lujo (porque lo es) de pedir un platillo por persona sin tener que economizar pidiendo al centro. Ya ni les cuento de la ropa (nota personal: Ray, ya compra ropa nueva por el amor de Dios).

El otro día durante una clase un alumno me dijo, –“Profesor, el mundo está mal, de verdad se lo digo, acaban de asaltarme en la ruta de regreso a mi casa y se llevaron el dinero que iba depositar para pagar un curso en el verano, ¿qué hago? Quiero hacer algo para aprender más pero pareciera que el universo se empeña en decirme que no, pero he visto que usted hizo muchas otras cosas, ¿podría decirme cómo le hizo para llegar a donde está? ”.– La verdad es que yo no supe qué responderle, me pregunté en repetidas ocasiones porqué a las personas que más se empeñan en aprender más les pasan este tipo de cosas, si pudiera pagarle el curso lo haría, por Dios que lo haría, pero mi sueldo, como ya les comenté, alcanza para cubrir mis gastos básicos y para pagar impuestos.

En la misma semana escuché a dos alumnos quejándose del sistema educativo y de su universidad, para este punto del post seguro ya pensaron qué qué chismoso soy, escuchando conversaciones ajenas… pero en mi defensa trabajo casi 12 hrs por día, por lo que escuchar una que otra cosa en los pasillos resulta hasta catártico, de verdad, si supieran todo lo que uno escucha, cada cosa que se esparce… ni les cuento, quedarían azorados, pero ese puede ser otro post, uno que se titule #LoQueCallamosLosProfesores o #CrónicasDeUnProfesorAMediaTarde así con todo y hashtag. Retomando esta anécdota, dichos alumnos (dos, por cierto) dijeron algo que me movió el tapete bien cañón y cito textualmente: “me caga esta clase, el profesor se empeña en hacernos exponer y hacer actividades como si estuviéramos en primaria, pinche huevón, seguramente sólo está aquí para cobrar porque eso es lo que todos quieren, cobrar sus horas”. En el momento pensé: “qué mala onda, no saben lo que representa preparar una clase pero bueno allá ellos”, acto seguido volteo y quedo helado al ver que ambos son mis alumnos y que la clase que les toca después es, nada más y nada menos que la mía. Como pude hice como que estaba leyendo (gracias a Dios estaban de espaldas) y después me fui sin que vieran que estaba por su zona. Sobran las palabras para describirles el bajón anímico que me dio, recuerdo bien que durante la clase sólo podía verlos a ellos dos y escuchar como mi cabeza me decía, tus clases dan hueva Raymundo, pero no es mi chamba sentirme mal, no es mi chamba tomármelo personal, mi chamba es preparar cada clase con la confianza que se me entregó y darla con toda la profesionalidad del mundo, mi chamba es pararme dos horas en ese salón y enseñarles lo poco o mucho que sé. Aprendí de una u otra forma que, en el salón de clases, no hay espacio para tristezas ni para frustraciones de mi parte, hay espacio para la enseñanza… y ya.

Es chistoso, si algo he visto estos meses de ser docente es que éstos tienen una vida, sí, una vida. Es difícil de explicar, cuando eres estudiante tienes una idea de la persona que te da clases medio tergiversada. Uno piensa que son entes que sólo se dedican a enseñar, calificar, resolver dudas y responder correos, como máquinas que están ahí para eso, pero en el fondo sólo somos hombres y mujeres haciendo lo que nos apasiona, construir conocimiento. Somos humanos que tenemos tanto días buenos como días terribles, que sufrimos de enfermedades, estrés, ansiedad, inseguridad, corazones rotos, desánimo. Personas que tenemos gastos que no podemos cubrir, hijos qué mantener, sueños que cumplir. Esa es la parte que más me ha costado, creo, aceptarme como una persona más, que se puede sentir mal por dos comentarios que escuchó en el pasillo, porque se vale.

Sin embargo hay una cuestión que es increíble, la satisfacción que me genera ver a alumnos míos dar ese extra para cumplir lo que se han propuesto, en el rubro que sea y es ahí cuando el trabajo como docente toma sentido, no importa que la mayor parte del salón falte a clases porque se fueron a ver la Champions, por ese uno que se quedó a tomarla es que trabajo, por ese uno que sí leyó, que sí trajo noticias, que sí entregó el ensayo a tiempo, es por ese uno que vale la pena cada segundo que pase en el salón.

Así que gracias, de corazón gracias. Gracias a todos aquellos que a pesar de haber tenido una clase en inglés y, sin saber el idioma en lo absoluto, pudieron pasarla así tuvieran que llevar un diccionario inglés-español a cada clase para poder participar, aquellos que se quedaron siempre 10 minutos más para preguntar por más información de los temas, aquellos que, a pesar de tener uno o dos trabajos, no faltaron a una sola clase, aquellos que siendo padres o madres siempre cumplieron con cada lectura y tarea, aquellos que aunque les caía mal en un principio se acercaron después a pedirme que fuéramos amigos, aquellos con los que pude bromear y jamás dejaron de verme como profesor, aquellos que fueron pacientes con mis locuras y actividades, aquellos que se preocuparon cada que llegaba cansado a clase, aquellos que siempre me recibieron con un hola y me despidieron con un váyase con cuidado en la bici profe, gracias, de verdad gracias. Son ustedes los que le dan sentido a muchas cosas que hago y son ustedes de los que más aprendo todos los días, nunca estaré lo suficientemente agradecido con Dios por haberme puesto en un trabajo donde siendo yo maestro termino siendo más alumno que como nunca en mi vida.

Por eso no importa que apenas pueda pagar mis impuestos o que tenga que ahorrar tres meses para comprarme la camisa que quiero o pedir al centro en un restaurante para costear la cena, algún día haré todo eso y más pero espero que en el futuro siga haciendo algo que llene más mi alma que mi bolsillo, porque, a pesar que eso no es contable, no cambiaría un solo segundo de felicidad por miles de pesos. Queda seguir sumando experiencias, anécdotas pero sobre todo seguir llenando de a montones, pero el alma.

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De abandonos

No somos más que intentos malogrados.

Porque preferimos cambiarnos en el interior.

Donde abunda la mezquindad.

Incrédulos. Impacientes. Desahuciados.

Hartos de lo dado, ciegos de lo construido, nulos de lo insólito.

Imposibilitados por nuestras vagas virtudes.

Encadenados a nuestras múltiples carencias.

Y todavía preguntan porqué claudicamos.

No se puede persisitir si nunca se estuvo.

(Abandono. Ray, 2017)

De todos nosotros

De instantes insípidos, que son porque tienen que ser, porque así se les enseñó.

De mártires forzados, que subsisten de la atención, porque carecen de piedad.

De mentirosos sistemáticos, que nunca conocieron de la confianza, porque estaban ocupados soñando.

De inocentes subvalorados, que callan más de lo que esconden, porque temen de su bondad. 

De charlatanes ensimismados, que prometen lo imposible, porque necesitan autoengañarse.

De cuerdos ignorados, que ansían un poco de normalidad, porque en el fondo están locos.

De viajeros solitarios, que suman experiencias, porque siguen buscando su razón de vivir.

De valientes irreverentes, que retan a la vida, porque esperan cambiar al mundo.

De enamorados ilusos, que embarcan en aguas turbulentas, porque anhelan llegar al destino.

(Nosotros. Ray, 2017)

De valientes dignos de ser recordados (Carta a Gonzalo, el valiente entre los valientes)

Dicen por ahí que no se puede extrañar a alguien a menos que sea irremediable su partida, más aún, dicen que la gente no sabe extrañar, que el amor cursi se apropió de este verbo y lo rebajó a un uso casi mundano para justificar la poca atención que nos tenemos como personas. ¿Cómo extrañar a alguien que sabes que eventualmente verás? ¿Qué sucede cuando es imposible hacer eso realidad? Y es que la distancia y el tiempo no pueden ser comparados con la eternidad y eso lo hemos aprendido muy bien mi querido Gonzalo, demasiado para esta vida diría yo.

Pasan los años, mi amigo, y este mundo no para de sorprenderme. A ti te hubiera defraudado en dimensiones industriales, imagínate, vivo en un mundo en el que Trump es presidente de EU, eso resume prácticamente nuestra condición como sociedad… Esa sociedad que tanto te juzgó y a la que tanta fe le tuviste, siempre. Por cierto, Juanga ya te acompaña, no estaría mal que te enseñara a cantar, que malo es poco para describir tus dotes artístico-musicales, échate la de “Abrázame”, por mí, porque bien me hace falta uno últimamente.

Me encantaría poder decirte que el mundo es un poco mejor de como lo dejaste, la verdad es que no, cada día hay más sufrimiento, más dolor, más muerte, más enfermedad… Más maldita enfermedad. Aún no hay cura ¿sabes? Recuerdo bien cómo me decías que para el 2020 los doctores sabrían cómo curar el VIH. La verdad es que esa realidad se ve cada vez más lejana, más comprometida por intereses, todos esos que ya te conoces y contra los que tanto peleaste, como valiente que siempre fuiste.

Sigo viendo como, a pesar de tantos esfuerzos, los contagiados por VIH sufren de la misma discriminación que tú padeciste, no bastaron las campañas en los supermercados y en las plazas comerciales que tanto trabajo nos costaron, para este mundo nada es suficiente, nada. Me encantaría decirte que la calidad de vida ha mejorado para ellos, temo que no, el año pasado se te unieron Pepe, Mariela y Karla te han de haber contado todas sus pato aventuras. La verdad (y no les digas) nunca fueron tan valientes como tú, tú te la rifabas cabrón, te valía madres lo que la gente dijera de ti, viviste tu vida con mucho más sentido en cuatro años que yo en toda mi vida, a veces me avergüenzo de no honrar mi tiempo en la Tierra, tanto tiempo que me regalaste y yo aquí malgastándolo en redes sociales, ah, por cierto, Facebook sigue sin implementar el botón de “no me gusta” pero ya hay uno de “me enoja” sé que apreciarías eso. Irías por la vida cibernética enojándote por todo, estoy seguro jajaja, como buen valiente, dando tu opinión a conocer, sin filtros, sin pelos en la lengua.

De mí no te preocupes, soy profesor de universidad (no se te ocurra burlarte ya sé lo que dije toda mi vida). Pero estoy junto a una persona que te habría caído de poca madre, se llama Fernanda, de ella te contaré en otra carta más digna de tintes alegres y no tanto de los nostálgicos, como los de esta noche.

Se te extraña, como cada año mi Gonzalo. Este país, este mundo, es menos valioso desde que no estás, lleva cuatro años siendo menos valioso, pero tienes la fortuna de no sufrirlo, condenado, hasta en eso tenías que ganarme ¿verdad? Vas a ver, voy a hacer algo realmente importante mientras esté acá, algo de significado y cuando vuelva a verte te lo restregaré en la cara, es una promesa y mira que yo no prometo… Pero hoy aunque no estés, mereces ser recordado, estuve pensando toda la tarde ¿qué nos hace falta para dejar de jodernos tanto los unos a los otros? Nos falta eso que siempre fuiste, valentía pura, para mantener nuestros sueños, nuestras creencias, nuestra propia vida. Que tu recuerdo me llene de valentía, como cada año, que sin ella estamos perdidos, realmente perdidos.

De letargos necesarios.

Hay letargos que no se explican ni se dejan explicar. Hay letargos que acrecientan las nostalgias, los recuerdos, las heridas. Hay letargos prudentes y hay letargos necesarios… Tan necesarios como innecesarios, pero vaya, letargos al final del día. Llevo más de tres meses sin escribir (ocasionalmente) algo que no sean más de 140 caracteres a forma de tweet como mera catarsis para expresar mi poca relevancia en esta vida, una vida Godin. Tres meses de ver cómo gira mundo mientras yo no doy pasos algunos, ni para delante ni para atrás y es que de chico me enseñaron que el movimiento es vida y en ese sentido yo no estaba viviendo. No es culpa de absolutamente nadie más que de mí mismo, como siempre, soy el primero en echarme la culpa por mis problemas o en su defecto, por la falta de los mismos.

El otro día, reflexionando conmigo mismo (una actividad frecuente en mi cabeza), llegué a la conclusión que no hay nada peor que no moverse. Me dio pánico la idea de quedarme en una misma situación por meses o incluso años, de soñar y nunca concretizar, de llenar mi futuro de ilusiones y reemplazarlos por golpes de realidad… una vez más. Carajo ¿Por qué es tan difícil atrevernos a soñar y tan fácil olvidar ilusiones? No tengo ni perra idea, al que me de una explicación válida le invito una chela, se lo prometo. No hace falta mencionar que los últimos tres meses estuvieron bautizados en las estáticas aguas de la inamovilidad causando un paro casi absoluto a la hora de pensar, ahora imagínense lo que pasaba a la hora de hacer. Todo mal. Todo. Mal.

Gracias a Dios siempre hay algo/alguien que llega a romper esa dinámica estática. En mi caso Dios me mandó un algo y también a alguien. Ese algo fue la luna, el recurso literario y poético más (ridículamente) cliché que existe a la hora de escribir. En teoría debería darme asco por caer en su trampa pero hoy no vengo con ánimos de ser tan auto crítico, dejaré esa terapia para después, por sanidad mental. Lo que es cierto es que me quedé cerca de una hora viéndola brillar cuál lámpara que cuelga del cielo alumbrando a su manera, un tanto déspota, una noche que dejó recuerdos enterrados y superó nostalgias atreviéndose a mirar al futuro, una noche emborrachada de ilusiones, llena de sueños de un simple joven sentado en una simple banca entre vientos fríos y suspiros liberadores.

Ya les hablé de ese algo, pero ahora falta el alguien. En este caso Dios no sólo me hizo voltear al cielo a ver la luna, me hizo voltear exactamente a 400 metros a la derecha de mi casa, a Violeta 42, a Fernanda, a una escritora, por si faltaba ironía en mi vida. Me bastó leer una columna suya para recordar lo bonito que es crear algo de absolutamente nada, de poder compartirle a la gente un poco de lo mucho que le da vueltas a mi cabeza, de traumar a unos cuantos e inspirar otros, de compartir ideas, experiencias o incluso uno que otro enojo, de plasmar, de atisbar, de olvidar, de vislumbrar, de disfrutar, de abstraerse, de vivir y comenzar a dar pasos, pasos firmes entre caminos engañosos, llenos de incertidumbre pero… ¿qué es de la vida sin un poco de la misma? Una columna suya me bastó para levantarme de esa banca, moverme otra vez y escribir esos relatos que aún no se conocen, esas historias que mueren por ser contadas y esas poesías que necesitan ser leídas.

Hoy la noche es de ellas dos, de quienes me recordaron que sólo basta un poco de melancolía y otro tanto de inspiración para volver a sentarme en mi escritorio y hacer lo que más me gusta en este mundo, escribir.